Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios, altanero y esquivo,
que se animase en la frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado una vida más intensa y más dura.
Este gran don Ramón del Valle-Inclán me inquieta,
y a través del zodiaco de mis versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones de poeta,
o se me rompe en un fracaso de cristales.
Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los siete pecados capitales.
Rosa, rosae
y también el valor de pi,
y el recuerdo final
por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.
Dulcemente educados,
en tardes de pavor,
conteniendo la risa
el grito y el amor,
sin comprender la fuerza
de un viento abrasador,
fuimos creciendo en filas
de dos en dos,
cruzando las ciudades,
los barrios, la ilusión,
dejando todo atrás
sin comprensión.
Rosa, rosae...
Tristemente avanzando
bajo la lluvia, el sol,
o el aire pavoroso
de un padre sin valor
después de amargas horas
de fuego y de terror...
Y la mudéjar torre
aupándose
sobre un barrio vacío
como ojo escrutador
testigo de la vida
la muerte y el dolor.
Rosa, rosae...
Salimos adelante,
nunca sé la razón,
quizás como testigos,
o náufragos o heridos,
para plasmar la voz
del que nunca la alzó
sobre el viejo mercado,
turbio y atroz,
de gritos y verduras
al frío o al calor
de los eternos días,
creciendo alrededor.
Cada otoño me duele más la vida
y mi dolor descarga más amargo,
pero es la vida misma el lance largo
que me vuelca rotundo a su embestida.
Vivir es una eterna despedida,
un sabor de distancia a nuestro cargo.
No he de poder rodar con tanto embargo,
no hay desembocadura a mi medida.
De estrella o de raíz será el diseño
de mi destino, ganaré la muerte,
convertiré la realidad en sueño.
Porque me pesa el mundo que me toca
vivir desarraigadamente mi suerte.
Para morir toda la vida es poca.
Aunque tinieblas amanezca, levántate,
por más que todo te lo impida, sé tú.
Mírame, óyelo.
Para morir toda la vida es poca.
Aunque no tengas nada que esperar
espera, busca,
aunque no tengas nada que encontrar,
aunque no tengas quien te escuche
habla, piensa, cuando nada tengas que hacer.
Escúchame, óyelo.
Para morir toda la vida es poca.
Si no tienes quien te ame
y no haya a quien amar
ámate tú, ámate tú todavía más
y vive, aunque no tengas nada que vivir,
vive, vive
aunque no tengas nada que vivir
escúchame, óyelo.
Para morir toda la vida es poca.
El señor Silicoso está completamente loco si se imagina que voy a darle una hormiga. Por el momento no pide más que una, creyendo que va a convencerme con su modestia, pero al principio (el 22 de noviembre por la tarde) pedía mucho más, quería cantidad de hormigueros, legiones de hormigas, prácticamente todas las hormigas. Está loco. No solamente no voy a darle la hormiga sino que tengo la intención de pasearme delante de su casa llevándola conmigo para hacerlo rabiar. Procederé de la manera siguiente: Primero me pondré mi corbata amarilla, y después de haber elegido la más esbelta y vivaz de mis hormigas, la soltaré para que se pasee por mi corbata. Habrá así un doble paseo, en el que yo iré y vendré frente a la casa del señor Silicoso y mi hormiga irá y vendrá por mi corbata. ¿He dicho un doble paseo? Más bien una apertura infinita de paseos en espiral, pues si bien la hormiga se pasea por mi corbata, mi corbata se pasea conmigo, la tierra me pasea en torno de la eclíptica, ésta se pasea a lo largo de la galaxia, que se pasea en torno de la estrella Beta del Centauro, y en ese preciso momento el señor Silicoso, que cree estar inmóvil, se asomará al balcón a tiempo para ver a mi hormiga perfectamente dibujada con todas sus patas y sus antenas sobre mi corbata amarilla que le parecerá, pobre hombre, una espada flamígera. Entonces empezará a soltar por boca y nariz una baba semejante al macramé, y su esposa e hijas acudirán para hacerle respirar sales y tenderlo en el canapé del salón. Salón que conozco demasiado bien, después de tantas veladas que he pasado bebiendo té casi frío junto a esa familia ávida de insectos.
Desde que estás lejos, tan lejos
como un tiempo o un planeta
que todavía desconocen los hombres
o que han olvidado con los años,
me asalta por la noche la sospecha
de que nunca más volveré a verte;
algo que en la mañana se reafirma
cuando te busco al otro lado de la cama
con la seguridad de quien se busca en el espejo,
y me sorprendo al no encontrarte como estabas
hace unos días, dormida entre mis brazos.
Me asaltan ciertas dudas por la noche,
ciertos sueños, sudores, pesadillas,
y no concibo los motivos que rodean
al hecho de que ahora estés tan lejos;
tan lejos como un tiempo o un planeta
que todavía no ha llegado ni se espera.
Cerca de cincuenta años
caminando
contigo, Poesía.
Al principio
me enredabas los pies
y caía de bruces
sobre la tierra oscura
o enterraba los ojos
en la charca
para ver las estrellas.
Más tarde te ceñiste
a mí con los dos brazos de la amante
y subiste
en mi sangre
como una enredadera.
Luego
te convertiste
en copa.
Hermoso
fue
ir derramándote sin consumirte,
ir entregando tu agua inagotable,
ir viendo que una gota
caía sobre un corazón quemado
y desde sus cenizas revivía.
Pero no me bastó tampoco.
Tanto anduve contigo
que te perdí el respeto.
Dejé de verte como
náyade vaporosa
te puse a trabajar de lavandera,
a vender pan en las panaderías,
a hilar con las sencillas tejedoras,
a golpear hierros en la metalurgia.
Y seguiste conmigo
andando por el mundo,
pero tú ya no eras
la florida
estatua de mi infancia.
Hablabas
ahora
con voz férrea.
Tus manos
fueron duras como piedras.
Tu corazón
fue un abundante
manantial de campanas,
elaboraste pan a manos llenas,
me ayudaste a no caer de bruces,
me buscaste
compañía,
no una mujer,
no un hombre,
sino miles, millones.
Juntos, Poesía,
fuimos
al combate, a la huelga,
al desfile, a los puertos,
a la mina,
y me reí cuando saliste
con la frente manchada de carbón
o coronada de aserrrín fragante
de los aserraderos.
Y no dormíamos en los caminos.
Nos esperaban grupos
de obreros con camisas
recién lavadas y banderas rojas.
Y tú, Poesía,
antes tan desdichadamente tímida,
a la cabeza
fuiste
y todos
se acostumbraron a tu vestidura
de estrella cotidiana,
porque aunque algún relámpago delató tu familia
cumpliste tu tarea,
tu paso entre los pasos de los hombres.
Yo te pedí que fueras
utilitaria y útil,
como metal o harina,
dispuesta a ser arado,
herramienta,
pan y vino,
dispuesta, Poesía,
a luchar cuerpo a cuerpo
y a caer desangrándote.
Y ahora,
Poesía,
gracias, esposa,
hermana o madre
o novia,
gracias, ola marina,
azahar y bandera,
motor de música,
largo pétalo de oro,
campana submarina,
granero
inextinguible,
gracias,
tierra de cada uno
de mis días,
vapor celeste y sangre
de mis años,
porque me acompañaste
desde la más enrarecida altura
hasta la simple mesa
de los pobres,
porque pusiste en mi alma
sabor ferruginoso
y fuego frío,
porque me levantaste
hasta la altura insigne
de los hombres comunes,
Poesía,
porque contigo
mientras me fui gastando
tú continuaste
desarrollando tu frescura firme,
tu ímpetu cristalino,
como si el tiempo
que poco a poco me convierte en tierra
fuera a dejar corriendo eternamente
las aguas de mi canto.
Hablemos sin cuchillos en las manos
Hablemos sin quemarnos las banderas
Con razones, sin sangre en las aceras
Con libertad, sin ira, como hermanos
Hablemos de palabras, no de idiomas
Digamos "te respeto", "no te vayas"
Sin ver puntos finales donde hay comas
Sin ver desiertos donde solo hay playas
La justicia consiste en ser iguales
La igualdad, en poder ser diferentes
La esperanza, en querer mover montañas
Que aprendan a pensar en nuestra gente
Abrir ventanas, sin romper cristales,
Hay sitio para todos en España.
Benjamín Prado
Benjamín Prado. (Fondo musical de Rozalén cantando "La belleza" de L. E. Aute)
Amé, quise, estimé mansos rigores;
Serví, sufrí, esperé locos desvelos;
Mostré, dije, escribí locos amores;
Sentí, lloré, temí tiranos celos;
Gocé, tuve, alcancé dulces favores;
Dejé, perdí, olvidé vanos recelos.
Testigos fueron de la gloria mía
Muda la noche y pregonero el día.
¿No has visto providente y oficiosa
Mover el aire iluminada abeja
Que, hasta beber la púrpura a la rosa
Ya se acerca cobarde, y ya se aleja?
¿No has visto enamorada mariposa
Dar cercos a la luz, hasta que deja
El monumento fácil abrasadas
Las alas de color tornasoladas?
Así mi amor cobarde muchos días
Tornos hizo a la rosa y a la llama,
Temor, que ha sido entre cenizas frías
Tantas veces llorado de quien ama;
Pero el amor, que vence con porfías,
Y la ocasión, que con disculpas llama,
Me animaron, y la abeja y mariposa
Quemé las alas, y llegué a la rosa.
...Y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen , incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen -nada
más que parecen- felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo; esta
desesperante, estéril, larga
ciega desolación por cualquier cosa
que —hacia donde no sé—, lenta, me arrastra.
La sombra de la víbora no tiene veneno. Entre las vïoletas se enrosca el Tiempo. Y ya, compañerita de mis edades, te lo agradezco todas las armas que no empleaste.
Los besos de la guerra desgarran mi aire. Se enzarza Eva pequeña con mil Adanes. Y yo, compañerita, tan cerca y lejos, como tú sabes, lo que no hiciste te lo agradezco.
Tu amor en esta selva se va desprendiendo de amor, y queda un blanco de fruto tierno. Y aquí, compañerita, por las aljabas del mal no hecho mi cuerpo herido te da las gracias.
Sangrando la paloma, la sierpe helada. ¡La vida tras tus ojos, tu furia mansa! Y tú, compañerita de mis escuelas, por tanta nada tan pïadosa bendita seas.
Al analizar una lágrima
y una gota de mar,
el del laboratorio no sabría cuál era cuál.
(Una lágrima se compone de agua y sal,
de agua y sal igual se compone una gota de mar.)
Pero encima están las enzimas
— azúcar, proteínas —
ambas exterminan la enfermedad.
Claro que, si hay mucha enzima encima, malo.
También en gran cantidad,
muchas gotas de mar te ahogan,
muchas lágrimas de amor te ahogan.
Sigo — y que el lector no se asombre —,
analizando la lágrima se sabe
si es de mujer u hombre.
Y es a lo que iba,
y es por eso,
que hasta en el dolor
se manifiesta el sexo.
Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!
Y luego levantémonos más tarde,
como domingo. Que la mañana plena
se nos vaya en hacer otra vez el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.
El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro en el corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?
La realidad —no demasiado hermosa—
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.
La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
—mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común—, estoy seguro
que no puede hacer daño.