Programado para que se reproduzca automáticamente entre el minuto 17:14 y el 22:09 correspondientes a la interpretación de la "Canción de otoño" que se corresponde con este poema "Versos de otoño" publicado por Rubén Darío en su poemario "El canto errante" de 1907.
Cuando mi pensamiento va hacia ti, se perfuma;
tu mirar es tan dulce que se torna profundo.
Bajo tus pies desnudos aún hay blancor de espuma,
y en tus labios compendias la alegría del mundo.
El amor pasajero tiene el encanto breve,
y ofrece un igual término para el gozo y la pena.
Hace una hora que un nombre grabé sobre la nieve;
hace un minuto dije mi amor sobre la arena.
Las hojas amarillas caen en la alameda,
en donde vagan tantas parejas amorosas.
Y en la copa de Otoño un vago vino queda
en que han de deshojarse, Primavera, tus rosas.
Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios, altanero y esquivo,
que se animase en la frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado una vida más intensa y más dura.
Este gran don Ramón del Valle-Inclán me inquieta,
y a través del zodiaco de mis versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones de poeta,
o se me rompe en un fracaso de cristales.
Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los siete pecados capitales.
Allá en la playa quedó la niña. ¡Arriba el ancla! ¡Se va el vapor! El marinero canta entre dientes. Se hunde en el agua trémula el sol. ¡Adiós! ¡Adiós!
Sola, llorando sobre las olas, mira que vuela la embarcación. Aún me hace señas con el pañuelo desde la piedra donde quedó. ¡Adiós! ¡Adiós!
Vistió de negro la niña hermosa. ¡Las despedidas tan tristes son! Llevaba suelta la cabellera y en las pupilas llanto y amor. ¡Adiós! ¡Adiós!